
El desarrollo de competencias científicas en las primeras edades, influyen en su comprensión del mundo, en los cambios que generan las actividades humanas, naturales y culturales, planteándose como finalidad la construcción del conocimiento, desarrollando habilidades como la inferencia, la observación, la clasificación, el planteamiento de hipótesis y la formulación de preguntas, que los guía hacia la investigación, desarrollando su capacidad para relacionarse con los otros y regular sus propios actos. En esta medida podemos decir que a corto plazo influye en la generación de un nuevo conocimiento a través del asombro, la curiosidad y las preguntas, a mediano plazo influye en la exploración de fenómenos y creación de hipótesis, mientras que a largo plazo la influencia se refleja en percepción que se tiene del entorno natural, social y cultural. Shepherd (2006), citado por Tierrablanca (2009), propone unos argumentos que justifican la existencia de un pensamiento científico infantil. El primero de ellos es su capacidad de preguntar, pues precisamente la pregunta es el motor del pensamiento científico, acompañada del asombro y la curiosidad. (Ortiz y Cervantes, 2015, p.15)
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